Leyendo “Las Moradas” de Santa Teresa

Santa Teresa escritora

15 enero 2018

MORADAS CUARTAS Capítulo 2

Comentario de Tomás Álvarez

 

 

El símbolo de las dos fuentes

 

Al revisar lo escrito, una vez terminado el libro de las Moradas, la propia autora antepuso a este capítulo un epígrafe que refleja bien todo su contenido:

– Que «sigue en lo mismo», es decir, que el lector no pierda el hilo de lo tratado en el capítulo anterior.

– Que «lo declara por una comparación», es decir, que sin abandonar el símbolo básico del castillo, ahora introduce otro: «agua para el castillo».

– Y tercero, el aspecto práctico: ¿hay o no hay técnicas para llegar a la experiencia religiosa que aquí se explica? No, no las hay.

 

Antes de leer

 

Desde la primera línea del capítulo le llega al lector una explosiva exclamación de la autora: «¡Válgame Dios en lo que me he metido!». Ha tenido que interrumpir la composición del libro. Se le ha olvidado de qué venía hablando. Se ha visto abrumada de negocios y problemas de salud. Sin tiempo para releer lo escrito. Recela, contra sí misma: «Que es todo desconcierto cuanto digo; al menos es lo que siento».

 

Flamante instantánea de la escritora y su tarea. No todo es real en esa estampa. Pero sí han ocurrido contratiempos desconcertantes. A los quince días de iniciar la redacción de las Moradas, ha muerto en Madrid el nuncio papal Nicolás Ormaneto (18.6.1577), pieza clave en ese otro castillo de naipes que es la reforma teresiana, que comienza a tambalearse. Teresa tendrá que hacer rápidamente su matalotaje para trasladarse de Toledo a Ávila, y esperar allí al nuevo nuncio pontificio, con malos presagios.

 

Ese nerviosismo es el responsable del «desconcierto» que ahora acusa la autora, obligada a seguir escribiendo a salto de mata, «a pocos a pocos» como ella misma ha certificado en otro lugar. Más adelante tendremos ocasión de comprobar cierto trastrueque de piezas en el temario de este capítulo y del siguiente.

 

Oración, gracia y vida en las moradas cuartas

 

Son tres preguntas que formulamos a la autora: Qué tipo de oración es el que caracteriza al morador de las cuartas moradas del castillo. Cuál es el desbordamiento de la oración sobre la vida. Cuál la iniciativa de Dios –y de su gracia– en lo uno y lo otro, en la oración y en la vida.

 

Oración, recordémoslo, es la relación con Él. Vida es el arco entero de relaciones del hombre con Él, con los otros, consigo mismo, con el tren de quehaceres en marcha. Gracia es la iniciativa y la serie de dones de Dios en la vida y oración del hombre.

 

Teresa comienza empalmando con lo escrito en su primer libro, secuestrado por la inquisición, Libro de la Vida. Allí habló de «la oración de quietud». Ahora, a eso mismo lo llama «gustos de Dios» – gozo de Dios. La «quietud» de que habló en Vida era un grado de la oración. Ahora los «gustos» o el gozo de Dios es algo que se refiere a toda la vida. Pero Teresa no los separa en compartimentos estancos: oración y vida de las cuartas moradas es lo que ella nos va a referir enseguida bajo el símbolo de las dos fuentes.

 

Un poco más adelante, reafirmando la evocación del libro secuestrado, recordará que hace ya quince años que lo compuso. Es normal que ahora, con la crecida de experiencia, sea mayor su lucidez doctrinal y diferente el enfoque. Con todo, la exposición hecha en Vida sigue en pie, y ahora la profundizará.

 

En resumen, la «oración de quietud» expuesta en los capítulos 14 y 15 de Vida correspondía a la segunda agua con que se regaba el huerto del alma, pero era la primera forma de oración mística. Estreno de esa especie de oración pasivo-contemplativa, en que la gracia o la acción de Él toman la iniciativa y le hacen a uno orar bajo el soplo y el calor del Espíritu. Esa primera oración mística tenía su órgano de expresión en la voluntad, que es el corazón del espíritu, corazón de toda la vida del hombre. Teresa, allí, la comparaba a una centellica de fuego que desde la voluntad se disponía a incendiar toda la actividad humana. Y la llamaba oración de quietud (terminología que ella había recibido de los libros espirituales de su tiempo), porque efectivamente contrastaba con el bullicio y la complejidad psicológica de la oración discursiva de la primera agua. Silencio, reposo fascinado de sola la voluntad, convocada al festín del amor, remontada por encima del revoloteo de otras fuerzas del espíritu: mente y fantasía, todavía dispersivas. Porque en este umbral de la oración mística, sola la voluntad –según Teresa– es alcanzada por el imán de la gracia, para ponerla en «oración de amor» y unirla por momentos al objeto misterioso del amor que es Dios, en Cristo, y en todo lo irradiado por su misterio de bondad, de gracia, de ternura hacia los hombres.

 

Ahora, en las moradas cuartas, ese paisaje interior persiste. El ingreso en la vida mística se hace igualmente a través de la convocatoria de la voluntad humana al misterio del amor de Dios. Pero con un matiz nuevo, reflejado en la nueva terminología: «gustos/gozo». Es toda la persona la que va a quedar sensibilizada gozosamente a la presencia de Dios, bajo la acción de su gracia. Por eso, en el símbolo que Teresa utiliza para explicárnoslo, habla menos de la voluntad, y en cambio va a referirse al «hondón» de la persona, al «centro del alma», hontanar de toda la vida del castillo.

 

Será ahí, en ese hondón misterioso, donde su relación con Dios hará brotar la fuente que inunde la voluntad y que alcance todas las capas y pliegues del hombre, hasta llegar al mismo cuerpo con sus sentidos y actividades.

 

Las dos fuentes: pilón y arcaduces

 

El agua en su realismo físico, la del vaso o de la fuente campestre, el agua de la lluvia o la del torrente o la del mar, con su embrujo de trasparencia, de fluidez y limpieza, de empalme con la vida, es constante tentación literaria para la pluma de Teresa. A ella recurre ahora para hacer su catequesis de las moradas cuartas. No halla «cosa más a propósito para declarar cosas de espíritu, que esto de agua… Soy tan amiga de este elemento, que le he mirado con más advertencia que otras cosas» (n. 2).

 

Realmente, Teresa es buen testigo de la tesis que ve en el agua el símbolo universal del origen de la vida, incluso de la vida trascendente, en todas las religiones. En el Camino de Perfección dedica numerosas páginas a la imagen del agua viva. Mucho más en su autobiografía: todo el tratadillo de los grados de oración se apoya en el simbolismo del agua, que da vida al huerto del alma: capítulos 11-21 de su libro. Más adelante, para introducir al lector en lo hondo de su experiencia mística, la comparará a «unas fontecicas que yo he visto manar, que nunca cesa de hacer movimiento la arena hacia arriba» (Vida 30, 19).

 

Será esta última imagen la base simbólica que elaborará ahora en nuestro capítulo de las moradas cuartas, pero desdoblando la imagen en dos fuentes, una de las cuales simbolice la vida del alma en cuanto vinculada al esfuerzo humano; la otra, esa misma vida en su origen divino. La primera corresponde a la vida ascética y a la oración meditativa de las tres primeras moradas. La otra, a la vida mística y a la oración infusa de las moradas cuartas y siguientes. Con un subrayado, a primera vista desconcertante: la fuente primera, la que simboliza el esfuerzo del hombre por alimentar la vida del castillo, está situada fuera, extrae el agua de manantiales precarios y lejanos y la conduce por un «artificio de arcaduces» que no la libran de derrames ni de polvo y fango. Mientras que la otra fuente, la que tiene su origen en el Señor del castillo, está situada dentro, en lo más hondo del castillo mismo. La acción de Dios para dar vida al hombre no es algo externo o extraño al hombre, sino que tiene la fuente manantial en la entraña del espíritu humano. Precisamente porque lo más hondo del hombre –la última morada del castillo– es una especie de apertura radical a Dios y a lo divino. Oigamos a la Santa:

 

«Hagamos cuenta, para entenderlo mejor, que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de agua… Estos dos pilones se hinchen de agua de diferentes maneras: el uno viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua y vase hinchendo sin ningún ruido, y si es el manantial caudaloso como este de que hablamos, después de henchido este pilón procede un gran arroyo. Ni es menester artificio ni se acaba el edificio de los arcaduces, sino siempre está procediendo agua de allí. Es la diferencia que la que viene por arcaduces es, a mi parecer, los contentos que tengo dicho que se sacan de la meditación; porque los traemos con los pensamientos, ayudándonos de las criaturas en la meditación y cansando el entendimiento; y como viene en fin con nuestras diligencias, hace ruido cuando ha de haber algún henchimiento… Estotra fuente, viene el agua de su mismo nacimiento que es Dios…» (nn. 2-4).

 

Sigue explicando que la acción de Dios es creadora; rehace el ser humano; no lo oprime ni lo angosta; lo dilata y ensancha; esa segunda fuente se crece y espacia en proporción con la crecida del agua que brota de ella; es agua y fuego a la vez; como si en lo hondo del alma, «en aquel hondón interior, estuviese un brasero adonde se echasen olorosos perfumes» que penetran toda el alma e impregnan el cuerpo (n. 6).

 

Agua y fuego simbolizan también la nueva forma de oración que ahora caracteriza la relación del hombre con Dios en ternura y ardor de la voluntad. Es la voluntad la que por momentos se une a Dios. Así, el paisaje de las moradas cuartas vuelve a coincidir con la segunda agua de Vida. El ingreso en la experiencia mística se hace desde la voluntad, es decir, desde el amor de Dios, que penetra y fecunda el corazón del hombre. En realidad, desde el corazón.

 

¿Técnicas, o gratuidad para llegar a la fuente manantial?

 

Aflora, por fin, una de las preocupaciones persistentes de la Santa: el fácil espejismo del orante frente al umbral de la experiencia mística. Espejismo que consiste en creer que él puede conseguir esa oración de quietud o cualquier otro asomo de experiencia mística, como puede lograr a base de esfuerzos una virtud o una oración ascética. Utilizando el mismo símbolo de la Santa: creer que, así como puede conducir el agua de la meditación por técnicas humanas, podrá hacer que brote el agua en el misterioso pilón interior.

 

Ya en el tiempo de la Santa estaban en boga ciertas técnicas de vacío mental y de «levantar el espíritu a cosas sobrenaturales», similares a ciertos esquemas pedagógicos de la meditación profunda de nuestros días. Teresa responde categóricamente desde el epígrafe del capítulo: este tipo de experiencia religiosa «se alcanza no procurándolo». No hay técnicas que valgan. No hay correlatividad entre la iniciativa humana y la absoluta gratuidad del don amoroso de Dios. Cualquier tipo de escalada de la experiencia mística –incluso en este ínfimo grado de oración de quietud– es «trabajar en balde, que como no se ha de traer esta agua por arcaduces como la pasada, si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos cansemos. Quiero decir que aunque más meditación tengamos y aunque más no estrujemos y tengamos lágrimas, no viene esta agua por aquí. Solo se da a quien Dios quiere y cuando más descuidada está muchas veces el alma» (n. 9).

 

Sí, el orante puede disponer su espíritu para recibir ese don. Pero esa disposición no va por el camino de las técnicas psicosomáticas, sino…, «después de hacer lo que los de las moradas pasadas, ¡humildad, humildad! Por esta se deja vencer el Señor a cuanto de él queremos… Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde fuere servido» (nn. 9-10).

 

Imposible expresar con mayor nitidez el hecho de que en la vida de la fe o en nuestra relación con Dios, hay zonas de gratuidad absoluta, pendientes de la pura iniciativa divina, vivencias que acontecen en la misteriosa lógica del amor trascendente, fuera del alcance y más allá de las horas marcadas por el reloj de la madurez humana. Esfera de la gracia. Las otorga Él a la pobre criatura humana «porque quiere y no por más» (n. 9).

 

Y precisamente será ese maravilloso mundo de su amor gratuito el que desarrolle la espiral de gracias y experiencias que Teresa describirá a partir de este momento, en las moradas quintas, sextas y séptimas.

 

En síntesis

 

Sin duda, al lector le será preciso leer el texto íntegro de la Santa. Para esa lectura le sugerimos tres pistas:

– Que el ingreso en las moradas cuartas, y consiguientemente en la experiencia mística, no está marcado por un cambio de conducta ética por parte del hombre. Es obra de un nuevo tipo de gratuidad amorosa por parte de Dios.

– Pero en la estructura misma del hombre hay unas capas pro%fundas que ahora se vuelven hontanar misterioso bajo la iniciativa de Él.

– Y que en la progresiva relación del hombre con Dios juegan un papel decisivo el amor y la voluntad. Que el hombre comienza a amar de forma absolutamente nueva, precisamente experimentando el amor que Dios derrama sobre él.

 

 

 

 

19 diciembre 2017

MORADAS CUARTAS Capítulo 1  

Comentario de Tomás Álvarez

 

Comienzo de vida nueva. Período de transición entre la fase ascética de lucha, y el preludio de los estados místicos, caracterizados por el predominio señero de la gracia divina. Brota la fuente interior, que da paso a la experiencia mística. Pero a sorbos e intermitentemente: con momentos de lucidez infusa (recogimiento de la mente), y momentos de amor pasivo, recibido (quietud de la voluntad). Posibilidades nuevas de relación con Dios en la oración. Por efecto de las nuevas gracias, se va remodelando el talante teologal y ético de la persona.

 

Dos imágenes bíblicas: los jornaleros de la parábola, retribuidos muy por encima de lo trabajado; o la esposa de los Cantares invitada al idilio del amor divino. El alma de las cuartas moradas es como el jornalero evangélico, pagado a desmesura con la moneda del amor.

 

Alborada de experiencia mística

 

Hacía no menos de doce años que Teresa lo había contado en gran secreto a los primerizos lectores del Libro de la Vida. A ella le había pasado de pronto algo sorpresivo. No solo inesperado, sino difícil de entender y de decir. Le sucedió exactamente a raíz de su «conversión» ante el Cristo llagado y tras leer, emocionada, las Confesiones de san Agustín. Ya no era una joven impresionable. Frisaba en los treinta y nueve años de edad. Comienza a contarlo así:

 

«Tenía yo algunas veces, aunque con mucha brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he dicho, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en él…» (Vida 10, 1).

 

Aun sin entenderse ni entenderlo, Teresa vislumbró enseguida que se le cambiaba el rumbo de la vida interior. Que le nacían alas a su vida de oración. Que en esa su nueva manera de orar intervenía Alguien que hasta ese momento parecía silencioso. Y la introducía, gozosamente, en algo así como un espacio nuevo, el espacio simbólico de la presencia de Dios. Especie de tierra santa interior. Era el ámbito de las cuartas moradas del Castillo, que en el relato de Vida equivale a la segunda agua con que se riega el huerto del alma. Es natural que ahora, al hablar al lector de todo aquello y anunciarle que muy probablemente también a él le acaecerá algo parecido si vive a fondo su vida cristiana y es fiel a la oración, es natural –digo– que le tiemble la mano y la pluma y se le produzca un estremecimiento religioso de todo el ser. Es lo primero que le dice al lector. Antes de entrar en tema, ha tenido que ponerse de rodillas:

 

«Para comenzar a hablar de las cuartas moradas bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las que quedan de manera que lo entendáis; porque comienzan a ser cosas sobrenaturales y es dificultosísimo de dar a entender, si Su Majestad no lo hace…» (n. 1).

 

Las dos vertientes de la oración

 

No es preciso recordar de nuevo que la oración, en la perspectiva de la Santa, no es una práctica, sino una dimensión de la vida cristiana. Las dos vertientes son, pues, vertientes de vida. E implican no solo el quehacer y la conducta del orante, sino el nivel de su relación con Dios: la oración es cosa de dos, en la que –claro está– va a haber amplia cabida para todos los hermanos.

 

En el escalafón de las moradas, esas dos vertientes corresponden a las moradas terceras y moradas quintas. En las terceras termina el proceso ascético. En las quintas comienzan los estados místicos. Las cuartas son algo así como la cima divisoria de aguas entre ambas. Superación esporádica de la manera de vivir y orar de las moradas terceras. Y umbral de la oración mística que va a apoderarse del orante (de Teresa misma) en las moradas quintas, cuando se hunda de lleno en el misterio de la presencia de Dios dentro del castillo.

 

Por eso Teresa comienza recordando al lector cuál era su situación y su oración en las moradas terceras. Había logrado normalizar su vida de oración. Había logrado superar ciertas atrofias en ese misterioso idioma que el hombre emplea para hablar a Dios. Superada la «sordomudez» de las primeras moradas. Superada la especie de «mudez-tartamudeo» de las segundas. Había normalizado la oración-meditación. Había tenido que hacer la travesía de sequedades y pruebas inesperadas. Con determinada determinación de no abandonar la empresa de la oración. «Beatus vir», bienaventurado, le dijo la Santa por haber puesto toda su confianza en Dios.

 

Ahora sigue recomendándole que no abandone esa manera de oración («empleado en discurrir con el entendimiento y en meditación»), pero que «acertaría más en ocuparse un rato en hacer actos, y en alabanzas de Dios, y holgarse de su bondad, y que sea el que es, y el desear su honra y gloria. Esto como pudiere, porque despierta mucho la voluntad» (n. 6).

 

Pero le advierte enseguida del cambio de agujas que le espera al entrar en las moradas cuartas: «Esté con gran aviso cuando el Señor le diere estotro, no dejarlo por acabar la meditación que se tiene de costumbre» (n. 6).

 

¿Qué es ese estotro que ahora sobreviene y no hay que postergar, so pretexto de cumplir la tarea habitual de la meditación? Para acoger y entender la respuesta de Teresa a esa pregunta, hay que dar un paso atrás y recordar la elemental catequesis de la oración, tal como a los primitivos cristianos se la impartía san Pablo. La oración cristiana, en su quintaesencia más medular, no es pura tarea del orante. El orante por sí solo no sabría qué decir o qué pedir. Es el Espíritu el que sigilosamente lo impulsa y en definitiva pone en su alma y en sus labios la palabra «Abba-Padre».

 

Pues bien, ese latido germinal de toda oración cristiana es el que ahora se desata y preside los sentimientos, pensamientos, curso y rumbo de nuestro orar. Como si el Otro –el gran partner de toda oración cristiana– ahora ostensiblemente tomase la iniciativa. Recordemos las palabras con que Teresa lo contó en el relato de su vida: «Me venía a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía (yo) dudar estaba (él) dentro de mí o yo toda engolfada en él» (V 10, 1).

 

Es el paso de la meditación a la contemplación. Eso, sin embargo, no es todavía la otra vertiente. Es solo la cima que da paso a ella. La otra vertiente se desplegará desde las quintas a las séptimas moradas del Castillo. No anticipemos la lectura.

 

«Tú me dilatas el corazón»

 

Mientras escribe, la Santa empalma su exposición con la liturgia de la mañana. Le viene a los puntos de la pluma la palabra sugeridora de un salmo que quizá ha rezado ese mismo día al amanecer en la Hora de Prima. Es el salmo 119 (118), v. 32. Lo recuerda en latín, tal como lo ha orado en el rezo coral: «Cum [NVg: Quia] dilatasti cor meum». «Cuando tú me ensan%chaste el corazón».

 

Esa misteriosa e incomparable dilatación del corazón comenzó cuando ella hizo la travesía de las moradas cuartas. Es decir, cuando aquella su anterior vida en régimen de esfuerzo y de lucha, tensa por mantener el hilo de la oración (la meditación), se vio suavemente suplantada por el flujo misterioso de unos sentimientos, emociones, afectos interiores, que brotaban de las capas más profundas de su alma y se hacían por sí mismos espacio anchuroso en la interioridad. Agua que mana y dilata el pilón interior del alma, dirá ella en el capítulo siguiente. Espacio interior que se abre para «recibir», después de haber bregado años y años en pensar y trabajar por «hacer».

 

Se dilata «el corazón». La Biblia y toda la tradición espiritual cristiana han empleado ese vocablo para simbolizar la interioridad. «En el corazón guardaba María las cosas que no comprendía de Jesús». «Redeamus ad cor, regresemos al corazón», es la consigna clásica de Agustín. Solo que Teresa ya no habla de un regreso, sino de una gracia de instalación y dilatación de la interioridad.

 

Desde las moradas primeras (1M 1, 3), ha hablado al lector del «centro del castillo», que es el «centro y hondón del alma». «Poned los ojos en el centro, que es donde está él», le ha dicho reiteradamente al principiante (1M 2, 8). Ahora le explicará que esa dilatación interior que comienza como una liberación del corazón (simbólico corazón), llega más allá y toca ese centro que es morada secreta de Dios en el hombre (4M 2, 5). Precisamente porque lo que ahora se apura y ensancha es la relación del alma con él. No solo en el reducto de la oración, sino en toda la vida. Por eso, pasando de la explicación a las consignas, Teresa le dirá que pase suavemente de la tarea del pensar a la del amar:

 

«Solo quiero que estéis advertidas que para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos, no ofenderle y rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica. Estas son las señales del amor, y no penséis que está la cosa en no pensar otra cosa y que si os divertís un poco va todo perdido» (n. 7).

 

¿Y la loca de la casa?

 

La pregunta por la «loca de la casa» recae sobre las rémoras y dificultades que tiene normalmente el hombre al entablar y prolongar su trato con Dios. Dificultades que provienen de nuestra interioridad en desorden; fuerzas que no obedecen fácilmente al mando de la razón, ni al imperativo del amor.

 

Teresa las condensa en dos palabras que para ella son sinónimas: pensamiento-imaginación. Es la imaginación la que a ella le ha hecho sufrir durante años en sus más delicados momentos de oración. Por eso al acercarse ahora a esa «cima de cambio» –moradas cuartas–, se pregunta por ella: ¿Queda por fin derrotada y subyugada?

 

Comencemos recordando que esa expresión, «la loca de la casa», universalmente atribuida a santa Teresa para designar la imaginación, nunca fue escrita por ella. Es demasiado negativa. A la imaginación Teresa la llamará «tarabilla de molino» (n. 13), «pensamiento tortolito» (atolondrado: n. 8), la comparará a «esas mariposas de las noches, importunas y desasosegadas», que acaban por apagar la candileja y dejar a oscuras la celda (V 17, 6), y en alguna ocasión la comparará con el loco incapaz de seguir el hilo de la conversación («no se haga caso de ella –de la imaginación– más que de un loco, sino dejarla con su tema» (V 17, 7).

 

Será esto último lo que aconsejará al lector de las moradas cuartas. Este suave ingreso en la quietud y paz interiores aún no logra poner en orden esas fuerzas revueltas, que se agitan y contrastan dentro de nosotros. Ese apaciguamiento y equilibrio interior ocurrirá solo más adelante, cuando la acción de él «ordene en mí el amor», como en la esposa de los Cantares.

 

Ahora en cambio, dice la Santa, te toca todavía luchar con esa turbulencia interior. En esta zona del castillo todavía «entran las cosas ponzoñosas», pero ya «no hacen daño, antes dejan con ganancia» (n. 3). Es decir, quietud y paz interiores sí, pero aquí se lucha. Las locuras del pensamiento, imaginación, instintos y resabios de desorden, sirven todavía para luchar y para mantener el contacto con la realidad de la vida, e impedir la deformación interior «en un embebecimiento» enervante (n. 3).

 

 

 

 

 

 

Lunes, 27 de noviembre

 

Segundas moradas. Capítulo único

Como ella misma destaca, en el título del capítulo que dedica a estas moradas, se caracterizan por la perseverancia en la lucha.

La situación indudablemente, como ella dice, ha mejorado, pero se hace más dolorosa: la persona entra en una tensión fuerte y en una lucha entre dos mundos enfrentados entre sí; Dios-criaturas, interioridad-exterioridad, fe-naturaleza. “Más trabajo” tienen que los de las moradas primeras porque entienden las exigencias de Dios y experimentan su debilidad e impotencia para responder.

Afirma que las Moradas segundas “es de los que han comenzado a tener oración” (2), pero les falta determinación para mantenerse en esta actitud y vuelven a situaciones anteriores.

La nota característica de estas moradas es esa lucha de dos contrarios. Que Teresa describe con gran dramatismo:

-La razón le representa el engaño que es pensar que todo esto vale nada… por otra parte le vienen voces que lo dicen que los contentos del mundo son casi eternos. Esto lo expresa muy bien en el número 3.

-Las voces de la exterioridad llaman a vivir “por casas ajenas”. La voz de Dios tiende a persuadirle a entrar. Ya que “fuera del castillo no hallará seguridad ni paz”, que la “suya es tan llena de bienes” (4). Esta es la dramática tensión en que vive la persona. “Puede ser mayor mal que no nos hallemos en nuestra misma casa” (9)

> A esta luz puedo preguntarme cuáles son las voces que tienen más fuerza en mí…

> ¿Cómo trabajo mi interioridad?

Aún en medio de este análisis y reflexión, necesarios para caminar en el propio conocimiento, y “caminar con determinación”, Teresa ofrece siempre una mirada de esperanza, de confianza en aquel que es misericordia y amor. Asegura un feliz desenlace: llegará a la meta. “Verán cómo su Majestad le lleva de unas moradas a otras y le mete en la tierra adonde estas fieras ni le pueden tocar ni cansar” (9) Porque Dios “es muy buen vecino”.

Llama reiteradamente porque “tiene en tanto… que le queramos y procuremos su compañía… que nos acerquemos a Él… Sabe aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia” (3). Sabe hacer “muchas curas para sanar” (5b)

  • A esta luz mi reflexión puede ser preguntarme por qué imagen tengo yo de Dios
  • Le reconozco como el Dios que me espera siempre. Dios sanador…

Por otra parte, Teresa nos dice que lo que caracteriza estas Moradas es “la lucha”, la perseverancia en la lucha. ¿Cuál es el contenido y el sentido de esta lucha?

-El objetivo está bien definido: Mirarle, no mirarnos; hacer su voluntad, no pretender que se haga la nuestra.

-La clave es la oración: el amor- amistad: “abrazaos a la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí” (7)

-Luchar perseverantemente por un amor limpio, gratuito, desinteresado. Es exigencia elemental y primaria de la oración-amistad.

        >   Me pregunto por mi forma de orar, mi perseverancia en mirarle

        >   Dónde y cómo le descubro

Perseverar en la oración, dura y difícil, es participar en la cruz del Amigo, es seguir a Cristo Crucificado, en los crucificados de la tierra. Orar es mirarle, considerar su vida (12). Cristo es camino: “ninguno subirá al Padre sino por mí”, y “quien me ve a mí, ve a mi Padre” (12)

Teresa ofrece para nuestra consideración y oración el evangelio del hijo pródigo que nos devuelve la imagen del hombre o la mujer “dispersos”, andando por casas ajenas y alimentándose de “manjar de puercos” (4)

  • Claves de iluminación para descubrir en nuestra vida la tentación propia de estas segundas moradas:

1.La vida de oración se hace difícil. Está el deseo de orar, pero aparece la sequedad y falta de gusto por las situaciones que hemos ido describiendo.

2.Quizá por una vida dispersa y exteriorizada. El egocentrismo.

  1. El cansancio y abandono. Tentación de volver a tras

        >   Camino de crecimiento y avance

  1. Abandonarse a la iniciativa de Dios. Amar limpiamente. “Abrazarse con la cruz de vuestro Esposo, en los crucificados de la tierra.
  2. Confianza en Dios y reconocimiento de los propios límites.

3.Hacerse apoyo unos de otros. “Abrirse a quienes tratan de lo mismo”

 

 

 

 

13 noviembre 2017

A doce años del Libro de la Vida, con mucha más experiencia por parte de la autora, y careciendo de este libro por estar en la Inquisición, Moradas responde a un nuevo intento de hacer un “tratado” de vida espiritual sobre su andadura personal.

El P. Gracián deja constancia de cómo surge este escrito: “Persuadíle yo estando en Toledo, a la madre Teresa de Jesús con mucha importunación, que escribiese el libro que después escribió, que se llama de las Moradas. Ella me respondía…

‘¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo; pondré un vocablo por otro, con que haré daño…

 

Primeras moradas. Capítulo 2

Teresa, una vez que ha fijado algunas cuestiones sustanciales como son: el sentido de la propia dignidad, el sentido de Dios y el sentido del pecado, comienza a configurar la vida nueva de quien, por la puerta de la oración entra en el castillo interior.

¿Cómo ilumina Teresa de Jesús el tema del pecado? Es la falta de luz por estar de espaldas al sol. Las imágenes del sol y la fuente nos iluminan para entender lo que es vida y la falta de vida. Y esto afecta a los sentidos, a las potencias.

Al introducir al principiante en la primera jornada de vida espiritual, Teresa ha decidido encararlo con las dos situaciones límite: por un lado, la suma dignidad del hombre, hermosura del castillo inundado de gracia; de otro lado, la suma fealdad que el pecado acarrea al castillo: «no hay tinieblas más tenebrosas».

A lo largo del libro tendremos ocasión de comprobar que en la pedagogía de Teresa hay un filón que ella quiere explotar a fondo: es el sentido del riesgo, pero del riesgo profundo en la línea de las evangélicas parábolas de la vigilancia. Que quien pierde el sentido del pecado, pierde ese sentido del riesgo. Y sin éste, perderá el sentido de la realidad, perderá el camino, no llegará a las moradas de fondo. (Tomás Álvarez)

 

  • Será interesante preguntarme por mi propia visión del pecado a la luz del escrito teresiano. Cómo hoy podemos hablar de ello desde una visión teológica renovada. Quizá pueda dar luz el capítulo 14 de la carta de Pablo a los romanos.

Por otra parte, en este capítulo, nos habla de las distintas moradas, las muchas moradas de nuestro castillo, invitando a poner los ojos en el centro (8) y a todas partes de ella se comunica el sol.

 

En este capítulo ofrece también una serie de consejos prácticos para el principiante (Tomado del comentario de Tomás Álvarez)

– Ante todo, «poner los ojos en Cristo, nuestro bien» (n. 1). Es un postulado de pedagogía espiritual. Lo repetirá a la altura de la última morada: «Poned los ojos en el Crucificado, y haráseos todo poco» (M6 4, 8). Es la quintaescencia de su evangelio. Había sido una de sus experiencias cristológicas primerizas. La había consignado en el Libro de la Vida. El Señor le dijo «que pusiese los ojos en lo que él había padecido, y todo se me haría fácil» (V 26, 3). Ahora ese consejo se convierte en el abecé del principiante. Y «tomar a su bendita Madre por intercesora» (n. 12). Por una razón muy sencilla no es idílica la vida en estas primeras moradas. Se impone la lucha. Y quien comienza, aún «tiene poca fuerza para defenderse». Necesita acudir «a Su Majestad…, a la Virgen…, a sus santos».

 

– Ser bien consciente de la situación precaria con que comienza. Son muchas las almas que entran en el castillo, pero, como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen fuerza los vasallos (que son los sentidos y potencias), y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con buenos deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras» (n. 12).

 

– Insiste en esa situación de lucha y en la pobreza de recursos: «Habéis de notar que en estas moradas primeras aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, está oscurecida en alguna manera para que la pueda ver…, porque con tantas malas culebras y víboras y cosas ponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir la luz» (n. 14). Si aspira a penetrar en las moradas segundas, le conviene dejar de mano «cosas y negocios no necesarios, cada uno según su estado» (n. 14).

 

Ha de tener temple y espíritu combativo: «Mirad que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios» (n. 15). La travesía no es para espíritus mediocres y flojos. Se requiere centinela permanente, porque el enemigo se trasfigura «en ángel de luz», (clave ignaciana, ref. 2Cor 11, 14)) para mejor engañar (n. 15). «Es como una lima sorda», no hay que dejarse sorprender (n. 16).

 

– Por fin, desde el principio es preciso poner la mira en el hito ideal del camino y tener ideas claras sobre la santidad, meta final del castillo: «Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección» (n. 17).

 

Así, la cartilla del principiante. La Santa le ha propinado unas cuantas verdades que lo inmunicen contra espejismos y falsos señuelos al dar los primeros pasos en el camino espiritual. Reiteradamente le ha insinuado el panorama de lucha que le aguarda a la vuelta de las segundas moradas.

 

  • Cabe preguntarse por el propio horizonte de sentido. Hacia dónde miro… hacia dónde dirijo toda mi actividad, hacia dónde oriento mis fuerzas, mi empeño, cuál es mi meta… ¿están o no en línea con lo que sueño y busco?

 

 

 

 

30 de octubre 2017

 

Una vez que hemos situado este libro teresiano, como la expresión más “sublime” de Teresa de Jesús de su camino de oración, de su experiencia de Dios. Una vez que hemos descubierto cómo y en qué circunstancias Teresa lo escribe, siempre en respuesta a la solicitud de quienes creen en la fuerza de su mensaje y en la capacidad de su magisterio. Nos adentramos en la lectura serena de este maravilloso escrito, donde describe -desde su experiencia- el camino / proceso o crecimiento de la persona en su relación con Dios. Desde la certeza de que, hechos a imagen y semejanza suya, hemos sido llamados a esta RELACION DE AMISTAD.

Para Teresa la ORACION es la puerta del Castillo (1M 1, 7), la condición para entrar. Es el puente por el cual se relaciona Dios con la persona. LA ORACIÓN ES LA RELACION DE AMISTADCON DIOS.

 

Primeras moradas. Capítulo 1

Teresa, siempre con los pies en la tierra y con su gran humanismo nos va a decir que al comienzo no será fácil tener espacios de sosiego, por estar envueltos o envueltas en muchas ocupaciones, llenos de ruidos y obstáculos. Pero no desanimarse, hemos de seguir adelante con fe y entusiasmo. Teresa en el Camino de perfección escribe: Venga lo que viniere, no ha de tornar atrás…

  • Quizá al hilo de la lectura de este primer capítulo sea interesante preguntarme por mis ruidos más habituales, externos e internos. Eso que Teresa llama las sabandijas en las primeras moradas.

 

Teresa, para hacerse entender recurre al símbolo del Castillo: cada hombre, cada mujer es como un castillo; lo interior del castillo es el alma -ese centro de intimidad-; la puerta de entrada es la oración y para atravesar esa puerta, los primeros pasos son: conocerse a sí mismo, tomar conciencia de la propia dignidad; conocimiento de Dios -su imagen-; tomar conciencia de la propia debilidad, el pecado; despertar la sensibilidad espiritual; despertar los sentidos.

  • Es un momento de toma de consciencia y de preguntarme cómo van todos estos aspectos en mi vida. Es decir: saber dónde me encuentro yo.

 

Como en los antiguos «libros de caballerías», nos acercamos al Castillo de Teresa, y hacemos un alto con breve pausa de silencio ante su gran puerta de entrada. La pausa nos sirve para recordar dos cosas importantes: Que este castillo es, ante todo, el castillo de ella, el de su alma y su vida. El de su Señor. Pero que a ella le sirve de atalaya para situar al lector frente al propio castillo. Sin confrontaciones hirientes: le resultaría penosa al lector, y quizás humillante, la confrontación. Al contrario, a la autora le interesa tender desde el primer momento una especie de puente levadizo y comunicante entre los dos castillos, el suyo y el mío, con suave flujo de convicciones, experiencias y empatía en sentido unidireccional: desde el humanismo y la experiencia religiosa de ella deriva una especie de fluido comunicante que viene de su castillo al mío. (Tomás Álvarez)

  • Dejar fluir es corriente entre los dos castillos, el de Teresa y el mío.
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